La vida está basada en las pequeñas rutinas. Cada día es igual al siguiente y similar al anterior.
Nueve de cada diez dentistas no pueden estar equivocados.
Son esas pequeñas inercias que nos llevan a ir descalzos al lavabo o a fumar después de, bueno, por ejemplo después de las comidas en su más amplio espectro, las que hacen que el contacto con el mundo tenga siempre a lo largo de cada día el tacto de algo confortable y mullido, que inconscientemente nos reconforta y que hacen que por muy duro/difícil/diverso que sea el día siempre tenga pequeños puntos de contacto con su alrededor, pequeños agujeros de gusano temporales con las dimensiones diarias de nuestras vidas.
Imagina una esfera blanca, de bordes difusos, cuanto más tiempo pase más pequeña, opaca (oh, paca, tu sí que sabes lo que te haces) y definida se hará, hasta que todo sea tan parecido al día anterior que no tengas las necesidad de acordarte (de ahí que aparezcan cosas como el alemán que me roba las palabras).
Pero el problema (dicen) llega cuando la rutina supera tu contenido 100% original (ouh, yeah). Hay gente que para salir de la rutina viaja, hay gente que tiene hijos, amantes, novios, parejas, animales de compañía y demás organismos pluricelulares que aumenten la entropía a la par que dan gustirrinín.
Todos ellos no saben que lo mejor es meterse una rata voladora por el culo , eso sí que aumenta la entropía celular.
(Añadido por cortesía del Estado de Tijuana y powered by Gryphone, para coordinar con el título y demostrar que soy una absurda friki de miellda -y olé-)